Yule

Yule, derivado de la palabra escandivana Hjul, Jol o Hvël en su forma mas antígua, significa “rueda” y no es un término celta. Un término equivalente celta es Cuidheal.
Como casi todo en la cultura celta ha sido contaminado cuando no eliminado por romanos, pueblos germanos y las distintas cristianizaciones, por lo que desconocemos el nombre o los nombres que le daban a esta festividad la mayoría de los pueblos celtas. Uno de los términos que nos ha llegado de los pueblos Caledonios que habitaron en el norte de la actual Escocia es término druidico Alban arthan, ‘La Luz del oso’.

albanarthan

Este día es el momento de mayor oscuridad: el sol está en su punto más bajo en los cielos, mientras que la noche es la más larga del año. Tras Yule, los días empiezan a prolongarse, por lo que esta festividad se celebra tradicionalmente para convocar el retorno de la luz y de la esperanza al mundo oscuro. En la mitología celta el Rey Roble gobierna durante la mitad luminosa del año, en Yule conquista al Rey Acebo para poder reinar hasta verano, momento en el cual los dos reyes volverán a encontrarse. El Rey Roble y el Rey Acebo son fuerzas opuestas personificadas en Litha y Yule, y por ello se complementan. El pájaro representativo del Rey Acebo es el petirrojo, el del Rey Roble, el reyezuelo.

Cuando los celtas adoptaron esta costumbre, hacia el 1100 a.c., recogían normalmente un leño de Roble después del solsticio de verano y lo guardaban hasta que, unos días antes de la festividad, lo adornaban con piñas de conífera, acebo, hiedra, muérdago y otras plantas siempre verdes que recordaban a la época de luz, el roble en toda plenitud, asi como con ramas de pino y abeto que identifican la perennidad. Se tallaban soles, figuras masculinas y otros símbolos mágicos en su superficie. En invierno los robles pierden las hojas por eso se adornaban con ramas de especies perennes, hojas verdes y pequeñas antorchas (velas), simbolismo del Sol. Las manzanas y las piñas eran otros elementos simbólicos utilizados para la ocasión, ya que representaban la vida después de la muerte y la fertilidad, respectivamente.

treestar

Era costumbre adornar las casas con hiedra, por dentro y por fuera, y poner guirnaldas de acebo y muérdago, para protegerse de visitas no deseadas empleando para los adornos el color rojo, símbolo del nacimiento por su asociación con la sangre del parto, y el verde, símbolo de la tierra, ya que se consideraba que al empezar los días a ser más largos era entonces cuando verdaderamente empezaba a resurgir la vida en la tierra. También se colgaban y se utilizaban campanillas que servian para ahuyentar a los malos espíritus.

Después de varios días adornado y colocado en un lugar de honor del hogar, para que todos los miembros de la familia pudieran tocarlo y dejarle dulces y regalos, el leño se prendía al ponerse el sol la noche del solsticio, siendo normalmente la madre quien prendía el fuego, y se quemaba lentamente entre hierbas aromáticas protectoras para festejar el renacimiento del sol y para atraer la prosperidad. Sus cenizas se guardaban con veneración, ya que se decía que podían curar enfermedades, y se solía guardar algún resto carbonizado para encender el fuego del leño del año siguiente. La festividad duraba hasta el amanecer para esperar al renaciemiento del Sol, durante esas horas se consumían panecillos dulces, vino y sidra caliente, se reflexionaba sobre el pasado y el futuro, se recordaban las personas y los tiempos pasados todo ello rodeado de un círculo de velas que eran apagadas en un momento de la ceremonia sentandose a oscuras contemplando la oscuridad, la noche oscura del alma, y sintiendo lo que significa para cada uno. Volviendolas a encender de una en una, desde la más céntrica y en sentido de las agujas del reloj, para simbolizar la rueda que vuelve hacia la luz del día.